La teoría evolucionista

 

A partir del siglo XVIII se empezaron a escuchar las primeras consideraciones científicas sobre la antigüedad del hombre en la Tierra. Una de las afirmaciones más curiosas y populares en su época, fue la del obispo irlandés Ussher (1658), que fijaba la fecha de la creación de acuerdo con los postulados bíblicos,  a las 9 de la mañana del 26 de octubre del año 4004 antes de Cristo.

La Antropología prehistórica ha tenido que cubrir un largo camino en el que el racionalismo del siglo XVIII jugó un papel decisivo al forzar a estudiosos e investigadores a ordenar meticulosamente cuanto se iba descubriendo sobre el reino animal y vegetal. Así surgen, entre otros, los trabajos de Linneo, Buffon o Lamarck, pero quien más contribuyó al avance de las observaciones críticas sobre esas posibles líneas evoutivas de las especies animadas fue el geólogo inglés Lynell. Más tarde, con Darwin se produjo la revolución en el pensamiento sobre estas cuestiones.

El problema del origen del ser humano lleva implícito la necesidad de admitir como cierta la teoría evolucionista. Además, la historia de las investigaciones de los últimos años ha dado un vuelco importante en la secuencia de la evolución de nuestra especia (filogénesis), al poner en cuestión muchos de los postulados y esquemas admitidos durante mucho tiempo.

Dentro del evolucionismo existen tres corrientes:

La primera aportación lo constituye el transformismo, teoría del científico francés Lamarck (1744-1829), que defendía la idea de que las especies se adaptan al medio, mediante un proceso de transformación fisiológica o anatómica, como si de un proceso de ejercitación se tratara. Es célebre el ejemplo de la jirafa, que adquirió su largo cuello a fuerza de, generación tras generación, forzarlo para llegar a las hojas más tiernas de las copas de los árboles. A pesar de su indudable interés, esta teoría carecía de base empírica, y fue desechada años antes de su muerte.

 

La gran aportación de la teoría evolucionista de Darwin (1809-1882) reside precisamente en su carácter científico, fruto de las observaciones que realizó a bordo del buque Beagle a mediados del siglo XIX. Gracias a él admitimos que las especies animales proceden unas de otras a través de mutaciones o cambios a lo largo de un proceso en el tiempo. Y todo ello gracias a la selección natural, es decir, al influjo selectivo del medio ambiente, que se verifica mediante pequeñas mutaciones genéticas, posibilitando que los seres mejor adaptados al medio tengan mayores probabilidades de reproducirse, al tiempo que elimina a los más débiles. Así se garantiza además el equilibrio entre población y recursos

 

La tercera aportación es la Cosmogénesis de Teilhard de Chardin (1881-1955), quien trató de aunar la validez de la teoría evolucionista con el pensamiento cristiano. Para ello formuló cuatro principios o ideas fundamentales:
  1. El Cosmos tiende, de forma natural, a vitalizarse.
  2. La vida tiende a hominizarse.
  3. El hombre tiende a ultrahominizarse.
  4. El espíritu tiende en su evolución a liberarse de su matriz material y fusionarse con el punto omega (Dios) adoptando de esta manera la forma de un Cristo evolucionador.

La Cosmogénesis consta de 3 fases:

  1. Geogénesis (formación de la Tierra)
  2. Biogénesis (formación de la vida)
  3. Antropogénesis, que supone el depliegue de la noosfera a partir de otras 3 fases: poblamiento (paleolítico), civilización (neolítico), e individualización (siglos XVIII-XIX).

 

El ser humano, al igual que todas las especies vivas, procede por evolución de otras anteriores. Pertenece al mismo grupo zoológico, el de los primates, que surgieron hace unos 70 millones de años aproximadamente, diferenciándose con el tiempo sucesivas ramas, en particular la de los homínidos.

Según Von Koënigsvald, la clasificación del ser humano de acuerdo con la sistematización zoológica queda definida de la siguiente manera:

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