
Desde siempre los Balcanes han constituido una encrucijada de civilizaciones. Su abrupta orografía propia de una cordillera alpina ha sido a lo largo de la historia territorio frontera para sucesivos imperios y civilizaciones: romanos, bizantinos, otomanos, austriacos, y siempre ha sido un cruce de caminos de múltiples pueblos.
Su espacio geográfico está fuertemente compartimentado, con mútiples y estrechos valles conviviendo con amplias llanuras fluviales y costas recortadas. Todo ello explica que esta región presente una gran complejidad territorial y étnico-lingüística, desde las tierras al norte del Danubio hasta el extremo meridional de Grecia.
La irrupción de los eslavos en el Imperio Romano tiene lugar hacia el año 395, paralelamente a la invasión de los germanos. A partir de ese momento se van diferenciando los distintos pueblos: búlgaros, eslovenos, croatas y serbios. Un hecho trascendental de inimaginables consecuencias históricas será el proceso de cristianización diferenciada de los eslavos que tendrá lugar desde dos ámbitos que les situará bajo órbitas diferentes:
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La problemática de la crisis balcánica de finales del siglo XX, que resume la complejidad política de este territorio, se inscribe en el contexto general de la llamada Cuestión de Oriente.
Se trata del problema de las relaciones internacionales que se plantea en el siglo XIX cuando los pueblos del Este europeo, de religión mayoritariamente cristiana, aspiran a la independencia política de un estado islámico, el Imperio Otomano, presente en los Balcanes desde el siglo XV, pero en franca decadencia. Estas aspiraciones entrarán en contradicción a la vez con los intereses geoestratégicos que las potencias occidentales del momento tienen en la zona. Austria y Rusia ven en los Balcanes un ámbito de expansión imperial y Alemania lo considera un polvorín susceptible de poner en peligro sus complejos sistemas de alianzas.