Incremento poblacional

 

Régimen demográfico antiguo

Transición demográfica

Régimen demográfico moderno

 

Régimen demográfico antiguo

La Humanidad no ha estado en este planeta desde siempre.

Desde que el hombre comenzó a ser hombre hasta la aparición del Homo Sapiens, es decir, un periodo de tiempo que duró unos 4 millones de años, la población humana en todo el planeta estuvo estancada por debajo de 1 millón de individuos mostrando en ocasiones grandes variaciones. En esta época, llamada Paleolítico, el crecimiento de la población era muy pequeño debido a que practicaban una economía de recolección y caza que exigía controlar gran cantidad de espacio para su explotación, y además estaban continuamente expuestos a las grandes variaciones climáticas que se producían, a las catástrofes y a las epidemias, lo que en ocasiones diezmaba a la población.

 

Justo antes de finalizar el paleolítico, en el mundo había 10.000.000 de habitantes. La revolución neolítica, hace diez mil años, introdujo la aplicación de las primeras técnicas agrícolas y  ganaderas, con lo que el territorio necesario para conseguir los recursos necesarios se reduce.

Aparece también la cerámica, con lo que se pueden almacenar y conservar los alimentos. El Neolítico además supone un cambio en la economía y en el modelo de sociedad. La humanidad comenzó a crear asentamientos fijos y se fundaron las primeras ciudades, donde se divide el trabajo, lo que hace aumentar la productividad. Las condiciones de vida de aquellos habitantes mejoraron apreciablemente, lo que se tradujo en un sensible aumento de la esperanza de vida. Otra de las consecuencias del sedentarismo es que permitió a las mujeres tener más hijos, lo que, junto a las razones anteriores, permitió la primera gran expansión de la especie humana; se calcula que a partir de entonces la población empezó a crecer a un ritmo que la duplicaba cada mil setecientos años.

 

Finalizado el Neolítico, en la Antigüedad, con el advenimiento de las civilizaciones clásicas y los grandes imperios, alrededor del año 0 de nuestra era, la población humana se cifraba en unos 150.000.000 de personas, repartida entre el Imperio Romano (50 millones de habitantes), el Imperio Chino (otros 50 millones), y el resto en otras partes del mundo.

 

Con la desaparición del Imperio Romano se inició la Edad Media, periodo de tiempo caracterizado por un lento aumento de la población. Alrededor del año 1000, la población mundial era de 300 millones de personas. Pero al final de la Edad Media comenzaron a ser comunes las grandes epidemias, especialmente en las ciudades.

El hacinamiento en las ciudades y su carencia de servicios como el drenaje o la recolección de basura, las hacían verdaderas incubadoras de enfermedades. El exceso de población, la contaminación de los pozos, la falta de organización sanitaria, las calles pobladas de cerdos y ratas, la invasión de pulgas, todo contribuía a extender los casos de tifus, disentería y gripe. Sin embargo, la peor de todas las epidemias fue la de la peste bubónica, una enfermedad contra la que los europeos del siglo XIV carecían completamente de defensas.

La pandemia de la Peste Negra acabó con la tercera parte de la población de Europa en la segunda mitad del siglo XIV, y tuvo muchas víctimas más en Asia

Todos estos problemas estimularon la imaginación y el ingenio de los habitantes de aquellos tiempos, y provocaron la aparición del Renacimiento, una etapa de esplendor cultural y nuevos avances científicos y tecnológicos, que fueron acompañados por el descubrimiento del Nuevo Mundo. Todo ello provocó un aumento sensible de la calidad de vida de la población con respecto al final de la Edad Media. Alrededor del año 1500, la Tierra estaba poblada por unos 600 millones de seres humanos, que pasaron a ser 700 millones en 1650, ya en la Edad Moderna.

En todo este tiempo las tasas poblacionales eran las siguientes:

 

Transición demográfica

La población mundial continuó su lento avance hasta la aparición de la Revolución Industrial. En este momento se produce la transición demográfica, que es el paso del régimen antiguo al régimen moderno de población.

Este proceso comienza a  mediados del siglo XIX en los países que se están industrializando, y termina, en estos últimos, en los años 60 o 70 del siglo XX.

Con la revolución industrial, la sociedad, la economía y el Estado cambian radicalmente; y también el modelo de familia, y como consecuencia, la población. Comienza entonces otro ciclo expansivo de la población. La transición demográfica es un período extraordinario de crecimiento. Consiste, básicamente, en el descenso de las tasas de natalidad y mortalidad. La forma en cómo se hace este descenso provoca el aumento de la población: primero desciende bruscamente la tasa de mortalidad, lo que hace aumentar vertiginosamente el crecimiento de la población produciéndose una explosión demográfica. Más adelante la tasa de natalidad desciende también, y cuando llega a un nivel parecido al de la tasa de mortalidad, se llega al fin de la transición demográfica.

 

Régimen demográfico moderno

El acceso de toda la población a las mejores condiciones sanitarias, la educación obligatoria para todos, los avances científicos y médicos, y el saneamiento de todos los núcleos de población determinan el fin de la transición demográfica que se produce cuando las tasas de natalidad y mortalidad se mantienen en niveles bajos al menos durante 5 años, y cuando la esperanza de vida para la mujer es de al menos 73 años. Se desemboca entonces en el régimen demográfico moderno, que actualmente manifiestan los países desarrollados. La principal consecuencia de este régimen es que el crecimiento vegetativo es muy pequeño, e incluso en ocasiones, negativo. Esto genera serios problemas derivados del envejecimiento de la población: falta de mano de obra, y dificultades para cubrir los gastos sociales cuando estos aumentan sin cesar. Muchos países desarrollados obtienen tasas positivas de crecimiento y pueden por tanto paliar este problema gracias a la llegada de inmigrantes.

 

 

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